Diputació de València

SECANO Y MONTAÑA

EL SECANO Y LA MONTAÑA

Como es común en el ámbito mediterráneo, a partir
de las estrechas franjas de costa que ocupan huertas
y marjales, el territorio valenciano empieza a elevarse
para constituir el secano y la montaña. Encontramos
primero el secano, con un relieve todavía suave pero
donde ya no llega el agua con la regularidad de las
huertas, factor este decisivo para observar un cambio
en los cultivos, en la densidad de población y en las
formas de habitar. Aparece después la montaña, los
extensos espacios de relieve abrupto del interior que
configuran una buena parte del territorio, poniendo a
prueba la habilidad de sus habitantes para hacerlos
productivos.

Para el caso valenciano, el secano, y sobre todo la
montaña, configuran un verdadero “contrapeso”
o, si se prefiere, una “dualidad” con las huertas y
marjales. Así, y a pesar de la existencia de algunos
núcleos poblacionales de importancia histórica e
incluso industrial, como Alcoi o Morella, el secano y
la montaña valencianos han estado mucho menos
poblados que las llanuras de la costa, densamente
urbanizadas. Por otra parte, frente a las amplias
huertas del llano litoral, las dificultades del terreno
han obligado en la mayoría de los casos a aprovechar
al máximo las vertientes construyendo un paisaje
de cultivo a partir de terrazas (bancales). Todo ello
con un hábil uso de la abundante piedra que se
tiene a disposición. Secano y montaña han sido así
mismo poco partícipes en la creación del imaginario
valenciano más popular y conocido. Elementos
como el mas, el aceite, el vino o la fábrica textil,
fundamentales en muchas de estas zonas, han tenido
históricamente escaso peso en lo que se entiende
como “típicamente valenciano”.

La salas de exposición dedicadas al secano y la montaña
se organizan en dos apartados: uno centrado en los
“conceptos” y otro en los “objetos”. En el primero, se
plantean una serie de ideas que el museo considera
definitorias: la extensión de los espacios, el papel
de la piedra en seco en la construcción del paisaje,
la protección de la casa, los vínculos entre lo que se
produce y su consumo en la costa, la emigración de
las mujeres a las ciudades, o la desconocida figura del
soltero en los pueblos del interior.

En la sala de los objetos, cerca de 150 piezas se han
colgado del techo, recordando la disposición que
muchos objetos han tenido –y todavía tienen- en los
altillos y pajares de las casas. Dos mesas centrales
concentran los objetos vinculados a los ámbitos de
habitar y convivir. Entre muchos otros, una bota de
vino, hachas y azadas, un arado, una colmena, una
lápida, pero también una señal contra incendios o
una mochila, nos ayudan a comprender el secano y
la montaña de antes y de ahora a través de su cultura
material.

LOS ESPACIOS
Tota pedra fa paret


En su conjunto, el territorio valenciano es
fundamentalmente un territorio de secano y, sobre
todo, de montaña. La mitad de sus tierras están
situadas por encima de los 500 metros sobre el
nivel del mar y, todavía más, ¡el 20 por ciento lo
están por encima de los 800! La concentración
histórica de ciudades y población en la franja
costera y el desarrollo de fenómenos como el
turismo de playa han propiciado a menudo una
imagen diferente del territorio.
A pesar de su olvido, secano y montaña son
escenarios clave donde se han desarrollado
características culturales que suelen ser más
relevantes que conocidas. La utilización de
la piedra en seco es sin duda una de estas
características. Con un trabajo tan silencioso
como contundente, un inimaginable volumen de
tierra y piedra se ha ido removiendo y recolocando,
a la búsqueda de un palmo de tierra para plantar
viña, cereal, legumbres y cultivos arbóreos como
los algarrobos, los almendros o los olivos. Se
han generado espacios de cultivo no demasiado
grandes, a veces minúsculos –colgados en forma
de escalera en las pendientes más inverosímiles-,
limitados por una complicada mecanización y
siempre escasos de productividad.
Una densa red de caminos –la mayoría de
herradura- y veredas estructuraban campos y
pueblos a lo largo del territorio: lomas, hoyas,
barrancos, picos, peñas y sierras. Estos y otros
parecidos forman la parte principal de los
topónimos valencianos. Describen los paisajes
predominantes, paisajes difíciles que han sido
profundamente transformados y aprovechados
por los hombres y las mujeres del secano y la
montaña valencianos.

HABITAR
Cuando quieras tu casa obrar, por mayo has de empezar


La vivienda en las montañas y el secano valencianos presenta
múltiples tipologías: casas-torre, masos, pequeñas casas de
labranza, heredades, casas con riu-rau, casas-cueva, casas
con bóveda… pero casi todas tienen una característica comun,
el sistema compositivo clásico del mundo agrario europeo, es
decir, diferentes variaciones del conjunto formado por la vivienda
y aquellos elementos necesarios para el aprovechamiento de
los recursos que la rodean, como corrales, pajares, cisternas,
eras, lavaderos e, incluso, capillas. Se trata de una vivienda con
una importancia capital para la subsistencia económica de sus
habitantes; dispersa y aislada, y también agrupada en denes,
aldeas, barrios, pueblos y ciudades. Pero hay otras montañas
y otros secanos no agrarios, el de las colonias industriales
como la Fábrica Giner en Morella, los pisos obreros o las casas
modernistas de Alcoi y, también, el del ocio y el descanso, el
de los balnearios, las casas de recreo de la burguesía o las
montañas cuajadas de chalets.
En la sala de conceptos se destaca una de las funciones
fundamentales de la casa respecto a aquellos que la habitan: la
protección. Esta es una función de la vivienda que es aquí donde
se muestra de forma más evidente, tanto por la climatología
extrema como por los riesgos que supone el aislamiento.
Gruesos muros de piedra, masos casi fortificados de origen
medieval protegidos del frio viento del norte en las laderas de las
montañas o a los pies de los valles o rejas en las ventanas, son
algunos de los elementos mostrados. Pero también la protección
simbólica de las cruces en los muros de los corrales, las garras
de buitre clavadas en las puertas que avisan a los predadores
que nos son bienvenidos…
Reciclar, reducir, reutilizar o reparar son prácticas que ahora
nos parecen imprescindibles en una sociedad que genera más
residuos de los que puede gestionar de una manera sostenible
y con unos hábitos de consumo basados en adquirir, consumir y
tirar productos. Estas prácticas, ahora conocidas como La Regla
de las Tres Erres de la Ecología, son en realidad viejas rutinas
empleadas hasta hace pocas décadas, olvidadas en tiempos de
bonanza económica y recuperadas ahora debido a un mayor
grado de concienciación ecológica y a una situación económica
menos afortunada. Estas prácticas se muestran en la sala de
objetos: lebrillos reparados, ropa remendada, colmenas de
corcho con remiendos de cuero y hojalata, jabón elaborado con la
grasa que sobra al cocinar son algunos ejemplos.

TRABAJAR
El trabajo es la mejor hoz
para segar el tiempo


La montaña y el secano valencianos han sido tradicionalmente una variada fuente de
recursos naturales, de los cuales sus habitantes se han servido para la obtención de
productos con los que autoabastecerse o comerciar con otras zonas del territorio.
Con todo, y a pesar de su diversidad, lo cierto es que ninguno de ellos es abundante,
por lo que se han visto obligados a recurrir a la pluriactividad para poder sobrevivir.
El carbón, la cal, el yeso, la madera, la recolección de la miel, el trabajo de las
fibras vegetales, la nieve, la agricultura o la ganadería han supuesto algunas de las
actividades sobre las cuales se ha estructurado la economía de la zona. El habitante
de este territorio se ve pues obligado a trabajar en diferentes ámbitos, primero
para asegurar su supervivencia, pero también debido a que la escasa densidad de
población –en especial en la montaña- deja escaso margen para la especialización.
La mayor parte de los trabajos desarrollados en estos ámbitos tenían cabida en el
marco de la familia y de la comunidad. Así, en el mas, el trabajo relacionado con los
animales domésticos y la casa es principalmente femenino; el cuidado del ganado
se vincula a los niños, y la agricultura y la explotación del bosque corresponde al
elemento masculino. También las tareas que requieren una gran cantidad de mano
de obra se nutren de la ayuda que pueden proporcionar los vecinos o los parientes.
Se trata de trabajos no retribuidos pero sí compensados por una relación de
reciprocidad.
La montaña y el secano no son siempre sinónimo de espacios degradados
económicamente. Cabe apuntar por ejemplo la importancia histórica de la ganadería
trashumante, o la industrialización de las comarcas de l’Alcoià y el Comtat, todavía
presente. En efecto, a pesar de los condicionantes naturales adversos para el
desarrollo de la agricultura y la ganadería (altitud, violencia de las pendientes,
climatología, etc.), es cierto que también existen ventajas que no están presentes
en otras zonas, como la abundancia de pastizales y la exuberancia energética en
forma de disponibilidad de cursos de agua, madera, minerales o carbón vegetal.
Precisamente la presencia del agua fue un factor crucial para el desarrollo industrial
de la montaña alicantina, convertida en motor fabril del territorio valenciano, aunque
también encontramos interesantes ejemplos en Vilafranca, Morella o Enguera.
El secano, por su parte, ha devenido en el área productora por excelencia de los
cultivos de la trilogía mediterránea: el trigo, el olivo y la vid, convirtiéndose uno de
sus productos, el vino, en una de las actividades de mayor vocación exportadora de
nuestras tierras.

CONVIVIR
Gente de montaña, quien la pierde la gana


El antropólogo Radcliffe-Brown nos mostró que las ceremonias son el
vínculo que mantiene unida a la multitud y, si desaparece el vínculo, la
multitud cae en la confusión. Para vivir juntos, es decir, para convivir,
las comunidades, los grupos y las sociedades generan ritos, ceremonias
que agrupan a los individuos y los hacen sentirse parte de una totalidad,
acentuando así el sentido de grupo. Nacer, casarse y morir son hechos
que generan ritos de paso importantes para los individuos y cada uno
de ellos conlleva sus ceremonias asociadas. La misa de purificación
para las mujeres que habían dado a luz; el baile para la juventud de las
poblaciones o la danza del velatorio por la muerte de un infante son
algunas de las más significativas.
Como en muchas otras sociedades, en el secano y la montaña de
la sociedad tradicional valenciana la separación entre sexos era
muy acentuada: en la iglesia, en la escuela, en el bar, en la plaza
o en los lavaderos hombres y mujeres se agrupaban de manera
segregada, creando unas fronteras que no podían ser traspasadas sin
consecuencias. Dadas estas actitudes y estos espacios exclusivos y
excluyentes, el baile, ceremonia fundamental en estos sitios, se erigía
como el encuentro formal entre sexos y socialmente aprobado. El baile
era así la antesala de la boda, ya que aunque casarse no era todo, el
matrimonio ha sido muy relevante en esta sociedad. Sin embargo, al baile
asistían hombres que por varias razones nunca se casarían (vinculación
a la tierra, estrategias matrimoniales, éxodo femenino, desprestigio de
la figura del labrador...); son los solteros, que a pesar de no aparecer
habitualmente, han sido parte esencial de estos grupos sociales.
También acudían al baile las mujeres que habían emigrado a “ponerse
en amo” en las capitales; bonitas y modernas y adoptando los signos
externos de la vida urbana, a menudo ya eran inaccesibles para los
solteros del pueblo.
Solteros, mujeres que se iban a servir en familias acomodadas, o nacer
y morir en casa han sido demasiadas veces fenómenos invisibilizados,
expresiones de un mundo en transición que en estos momentos ya se ha
desvanecido. Conocerlos resulta esencial para transformar estos saberes
de nuestros antepasados en experiencia, con el fin de convivir en esta
nuestra sociedad, hija de aquella y madre de la que vendrá.


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